Aullidos
- Montserrat Espaillat
- 23 ago 2024
- 4 min de lectura
Actualizado: 27 ago 2024
Por: Montserrat Espaillat
¿Tienes un cigarro?, dime que por lo menos me trajiste uno. ¿No? Te ves nervioso. ¿Es la primera vez que visitas a alguien en la cárcel? Relájate, el único que no saldrá de aquí soy yo. A las bestias siempre nos encierran, no importa si es en prisión o en zoológico, es la misma mierda. ¡Ya quieta esa cara de susto! No te voy a comer, al menos no por ahora.
Veo que vienes preparado con todos los juguetes, guarda todo menos la grabadora.
En tus cartas me contabas que querías conocer mi historia, pues bien, te la voy a contar, pero primero dame un maldito cigarrillo.
Esto fue hace mucho tiempo, mi alma aún estaba limpia, así que para que puedas entender mejor comenzaré en esa época.
Vivía en un pequeño claro del bosque ubicado en el valle de la cordillera. El bosque era rico en frutas silvestres, frondoso y seguro para mí y los míos. Tenía una familia hermosa.
¿Qué? ¿No te esperabas que tuviera una familia? ¿Acaso los monstruos como yo no tenemos derecho a tenerla?
Mi esposa era hermosa, su piel era tan clara que podía esconderse en la nieve. Nuestros tres pequeños niños eran como yo, oscuros como la noche sin estrellas. Teníamos algunos vecinos, todos ellos eran animales. No me veas extraño, a los de tu clase no les gusta tener a los de mi clase cerca, así que no fuimos lejos, en un lugar donde tus estereotipos no nos alcancen, o al menos eso creía.
Todas las madrugadas salía a dar un pase acompañado de mis tres pequeños. Nunca voy a entender donde guardaban tanta energía. Mi esposa siempre me gritaba tráelos sin energía, como si en serio eso fuese posible. Corríamos entre las gotas del rocío, disfrutábamos el aire puro y despedíamos a la luna para ver salir el sol que poco a poco salía de las copas de los árboles.
A veces, cuando me concentro bien y nadie me jode, puedo respirar profundo y oler sus pequeñas cabecitas, pero el tiempo hace su trabajo y mi memoria se va perdiendo. ¿Tienes hijos? Si no los tienes nunca podrás entender bien lo que estoy por contarte. Pero mírate, dudo que los tengas. Mejor dame otro cigarrillo.
Después de los paseos, cuando llegábamos a casa al día a día como cualquier otra familia. La educación de los pequeños, labores domésticas, comer y coger, mi parte favorita.
En fin, tenía una vida plena, era feliz, era libre hasta que esa gentuza llego a mi bosque.
Cuando salí con mis pequeños aquellos mañana podía intuir que algo venía en camino. La lechuza estaba escondida y las ratas salían. Esa mañana en particular los pequeños estaban de cumpleaños, mis trillizos estaban creciendo.
Estaban tan emocionados que empezaron a decir: ¡Papá, papá mira como ruedo!,
¡papá, papá, mira como salto!, ¡papá mira como corro! Yo solo los veía tan felices que me olvide de prestar atención a mi instinto. ¿Papá, papá, una mariposa puede ser negra?, ¿Papá papá, porque la luna se ve roja?, ¿Papá papá, que es eso que se acerca?
Recuerdo que levante la mirada y todo mi cuerpo se estremeció. A lo lejos divisé un río de antorchas que se acercaban entre los árboles que con miedo recogían sus hojas para no quemarse.
Mis pequeños seguían: ¿Papá papá, son malos?, ¿papá papá, van a vivir aquí? Papá papá, tengo miedo, y yo solo les contesté: ¡Corran! ¡Escóndanse! ¡No se dejen ver! . Se los grité tan fuerte que juntos corrieron a las faldas de unas grandes raíces y el árbol intuyendo lo que pasaba, los cobijo son sus frondosas ramas. Me acosté entre el alto pasto, para observar y esperar.
Tu gente llegó con carruajes y el fuego en la mirada. Tu gente no sabe vivir sin armas ni armaduras. Mientras pasaban observé sus caras; los ancianos estaban cansados y tristes, los jóvenes tenían sed de gloria y los niños miedo, igual que los míos, pero lo que llamo mi atención fueron dos mujeres. Una tenía el tiempo en la mirada y la otra tenía oscuridad vestida de rojo.
Todos pasaban de largo, con la mirada fija en el camino; sin embargo, esas dos mujeres buscaban saciar su sed. Fue entonces que la anciana me miro a los ojos y grito: Aquí hay tres almas puras, hijos del que se esconde agazapado entre la maleza.
Pronto entendí que antes de verme a mí, vio a mis pequeños, pero cuando quise correr hacia ellos uno de los hombres ya los tenía acorralados. Corrí lo más rápido que podía, y observaba como ese desgraciado alzaba su hacha para rebanar la pequeña cabeza del primero. Su sangre resbalaba entre las raíces del árbol y bañaban de rojo la nieve. Volvió a blandear su hacha 2 veces más.
El sol salió y alumbro la masacre de mis tres inocentes pequeños, todas las almas del bosque fueron testigos de lo repugnante que puede ser tu gente. Y así, frente a todos, me transformé en la bestia que está fumando frente a ti.
Corrí hacia la anciana, admito que fue valiente, nunca me dejo de ver a los ojos, abrió sus brazos para recibir mi ataque. Le rompí el cuello. Luego corrí hacia la mujer de capa roja, ella gritó, sintió temor, y pronto su sangre se convirtió en una con su ropa. Por último me acerqué hacia el hombre, que aún tenía a mis tres pequeños a sus pies.
¡¿Por qué?! Le pregunté mientras iba hacia él. Su respuesta fue: ¡Son bestias! y las bestias tienen que morir!. Nunca entenderé la vara con que midió a mis inocentes hijos. Y sin más me abalancé contra él. No sé cuanto tiempo duró aquella lucha, él me hirió, yo lo herí, pero al final la vida de ambos como la conocíamos termino.
Tu gente me arrebató mis tres pequeños y luego me encarcelaron por mis crímenes.
Durante años han hablado de mí como un bestia sin escrúpulos, como un ser que solo quiere sangre sin razón alguna, como si yo me hubiese convertido en pura oscuridad por elección propia. Pero ahora yo te pregunto a ti. ¿Quién es realmente la bestia, yo o tu especie?

Comentarios