Un verano genial
- Montserrat Espaillat
- 24 ago 2024
- 4 min de lectura
Por: Montserrat Espaillat
Hoy no es mi cumpleaños, pero siento que es un día de fiesta. El verano casi termina y por fin el pueblo vuelve a estar libre de extranjeros. Ahora sí que se puede disfrutar a gusto. La verdad es que vivo en uno de esos lugares que todo el mundo quiere conocer. Por eso, mi parte favorita es cuando los turistas hacen su retirada y mi pedacito de Mediterráneo vuelve a estar libre. Desde lejos vemos como se acerca una lancha. El mar que estaba en calma
dibuja un camino de olas que bailan de alegría al ver llegar al tito Rafa. Definitivamente, hoy será un gran día.
Mis primos y yo empezamos a correr hacia la orilla para recibirlo, voy más lento que los demás porque las piedras de la playa lastiman mis pies. Mamá me atrapa y me coloca los manguitos a la fuerza. ¡Los odio! Son un artilugio de tortura que impiden que una pueda sumergirse a gusto. Soy buena nadadora y excelente buceadora, pero mamá le teme a mí no miedo al mar. Ella no entiende que mi lugar seguro es cuando me sumerjo y puedo disfrutar del paisaje marino. No necesito usar gafas, aletas o tubo de buceo, puedo hacerlo sin nada de eso. Creo que en otra vida fui una sirena, aunque en mi familia dicen que no existen. Son muy adultos para entenderlo.
Todos me están esperando abordo. El tito me ayuda a subir, hoy se ve mejor que nunca, tiene todas sus canas al aire. Su gorra de capitán está en la cabezota de Nacho, que me sonríe con desdén. Me la tiene jurada desde que le gané el concurso de ¿quién aguanta más debajo del agua? Me sujeto bien de la barandilla y cierro los ojos para que el viento no me haga daño. Cada vez huele más a pescado. Mi piel se siente caliente por el sol y fría por el viento. Pero interrumpida por el tonto de Nacho que no para de fastidiarme con empujones y pisotones. Me las va a pagar. La lancha no es muy grande, incluso es algo vieja, pero tiene suficiente espacio para todos nosotros. Estamos muy lejos de la orilla, tanto qué mamá se ve como una hormiga. El tito apaga los motores y grita como todo un capitán:
— ¡AL AGUA!
Todos saltan felices menos yo. Estoy tratando de quitarme los manguitos. El tito sabe lo que me gusta bucear, así que me ayuda a quitármelos:
—Ni se te ocurra jugar a ¿quién aguanta más debajo del agua?
Creo que él también tiene miedo a mí no miedo. Yo se lo prometo con los dedos cruzados porque estoy segura de que Nacho busca la revancha. El agua está mucho más fría aquí que en la orilla, así que todos estamos chapoteando, moviendo las piernas con fuerza para no hundirnos y entrar en calor. Nacho se acerca a mí. Los dos sabemos lo que viene, pero la premisa en estas profundidades cambia. El que llegue primero al fondo del mar tiene que coger un puñado de piedras o arena y subirlo a la superficie como prueba. Buscamos con la mirada al tito Rafa que está jugando a lanzarlos por la borda con los demás. Nadie nos ve.
Uno, dos y tres. Empezamos.
Respiramos profundo. Sumergimos nuestras cabezas y luego todo el cuerpo. Las risas de la
superficie se escuchan cada vez menos. El agua se siente como pequeñas agujas que se van clavando. Nacho está a mi lado, no se rinde. Voy soltando un poco de aire. Tengo que administrarlo bien para poder ganar. La visión es más borrosa que de costumbre, supongo que por el frío y la oscuridad a la que nos estamos adentrando. Ya casi. Puedo ver el fondo, pero siento que me aprieta el pecho, tengo que soltar un poco más de aire. Nacho ya no está a mi lado. Sigo pataleando con fuerza hasta llegar al fondo. ¡Lo logré! Tomo un puñado de arena y empiezo a subir.
Puedo ver a todos como pequeñas manchas difusas de colores cerca de una grande, supongo que es la lancha.
Aprieto bien el puño. Lo único que tengo es arena, y siento como se quiere escapar entre mis
dedos. El pecho me aprieta otra vez. Tengo que soltar más aire, pero no puedo hacerlo ahora o me quedaré sin nada para llegar a la superficie. Las pequeñas manchas de colores se van acercando a la grande. Pataleo lo más rápido que puedo, no es suficiente. Dejo salir un poco más de aire, no me queda casi nada. Ya no veo pequeñas manchas, solo una grande. Entonces una sombra borrosa aparece, viene hacia mí. ¿Es un gran pez? Nunca había visto uno tan grande, se acerca muy rápido. Mi pecho duele. El aire se está empezando a escapar y no puedo moverme. Ni siquiera veo la gran mancha en la superficie. Estoy segura que lo que viene nadando hacia mí tan rápido es una sirena. Las últimas burbujas abandonan mi cuerpo.
Arde, arde muchísimo, ya no hay aire que soltar. Una fuerza me arrastra, pero solo estoy
concentrada en la sirena. Pasa bajo mis pies y la veo alejarse de nuevo. El pecho duele y mis oídos pitan. Atravieso la frontera entre dos mundos.
Por fin puedo respirar. Mis pulmones se llenan de aire, el dolor va bajando. Escupo agua, toso y recupero mi visión. La presión va desapareciendo. Tito Rafa me sostiene de la cintura mientras flotamos. Está asustado, creo que tiene más canas ahora que cuando empezó esta aventura. Todos nos miran desde la lancha como si algo malo hubiese pasado. Nos ayudan a subir y veo que Nacho está llorando envuelto en una toalla. El tito no dice nada, sólo me abraza muy fuerte, besa mi frente y me pone los manguitos. A pesar de todas las caras largas, lo único que quiero es hablar con mi primo. Me acerco y abro el puño, quedan cuatro granos de arena, suficientes para reclamar mi victoria. Lo miro sonriente y él con lágrimas en los ojos, me pone su toalla sobre los hombros y me dice:
— Prima, eres una monstrá.
Y eso que aún no le cuento que vi una sirena.

Comentarios