Cuando las flores hablan
- Montserrat Espaillat
- 24 ago 2024
- 3 min de lectura
Por: Montserrat Espaillat
Nunca olvido una cara. He estado en este callejón y muchos otros siendo celestina en traje de florista desde antes de que el mundo mismo existiera. Así de vieja soy, pero no lo aparento.
Todos los años veo como cientos de parejas de diferentes partes del mundo
acuden a este peculiar lugar. Un callejón tan estrecho que los balcones casi chocan entre sí y
se les otorga la magia del amor. Las parejas creen que al darse un beso de balcón a balcón
garantizan la eternidad del sentimiento. Lo que muchos no saben, o quizás no
quieren saber, es que el amor eterno tiene dos caras. Como la historia que les voy a
contar.
Hace tiempo atrás, veinte años más o menos, mientras recogía mi puesto de flores, una pareja de adolescentes se coló fuera de horario a los balcones para darse un beso y algún otro menester. Sellaron ese amor en lo más profundo de su ser, sin entender que por más grande y fuerte que sea un sentimiento, el cuerpo no se ata, sólo el alma.
Después de aquel beso, esta joven pareja tuvo que enfrentarse a la realidad,
estudios, trabajos, metas personales, celos, otras, otros, etc. En fin, lo que algunos
llaman destino y lo que yo, por vieja, llamo vida.
¿Qué como lo sé? Pues vi sus peleas, infidelidades, sueños rotos y les vendía las
disculpas. Cuando él era infiel, compraba rosas, cuando ella lo era, compraba
claveles. El hecho es que todo marchitó.
Una noche de otoño coloqué mi puesto en la estación de autobuses. Entre los que marchaban, estaba él; sólo con la cabeza gacha y una maleta que supongo estaba llena de recuerdos. Esa misma noche, mientras empujaba mi carrito fuera de la
estación, después de que todos se marcharan, ella apareció llorando. Comprendí
que había perdido unos buenos clientes.
He visto muchas parejas ir y venir, pero como esta nunca. ¿Por qué lo digo? Pues
porque la vida es caprichosa y ni yo ni el destino hemos visto un río que fluya hacia
el pasado. Esta mañana, como muchas otras, colocaba mi puesto de flores en el
famoso callejón, es temporada alta, así que suele ser un buen punto para vender a
los turistas. Mientras trataba de asegurar el carrito, un hombre con una gran sonrisa me ayudó. Lo reconocí, tenia la misma mirada inquieta del joven de que vi partir hace tiempo. Esta vez cumplió las reglas, pago su entrada e hizo la fila de la mano de una señorita a la
que le pesaba en el alma otro beso, de alguna otra promesa que estaba muy lejos
de ella. No me miren así, la vejez acentúa la sabiduría y la intuición. Y de ver parejas y entenderlas sé mucho.
Se acercó entonces una mujer para comprar un clavel. Era ella, había vuelto
donde todo empezó, pero acompañada de otro hombre, supongo que con la
esperanza de sacar un beso con otro. Se colocó en la fila junto a su acompañante y
entre risas y susurros, las miradas de los viejos amantes se reencontraron en la
multitud, sus almas se reconocieron, pero la vida ya había hecho su trabajo.
Se sonrieron y con aquella espina en el corazón aceptaron que su gran amor viviría eternamente en aquel callejón con sabor a un beso de rosas y claveles. Con una mirada pactaron respetar aquel hermoso recuerdo, retirándose cada uno con su nueva pareja a un nuevo callejón.

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