El precio del placer
- Montserrat Espaillat
- 24 ago 2024
- 3 min de lectura
Montserrat Espaillat
La habitación era más grande que su último apartamento. Estaba pintada de blanco inmaculado, hacía contraste con su piel canela y dudosa moral. Unas grandes ventanas enmarcaban la chimenea sobre la que se encontraban portarretratos con imágenes familiares de aquel cliente frecuente. Frente a la cama había una pequeña mesa redonda con restos de la cena. En el suelo estaba toda la ropa que se habían ido arrancando, sus zapatos Prada de suela roja y el vestido de diseñador no lucían tan glamurosos tirados en medio de aquella estancia con piso de mármol.
Cosette nadó en sabanas de seda mientras se escurrió entre los brazos de un hombre que se veía a sí mismo como un tiburón. Con apellido sonante de gran chequera y amistades entre la elite social, no tenía idea que pronto lo convertirían en un pescadito más. Retozaron, compartieron un cigarrillo mentolado y esperaron que sus cuerpos se enfriaran. Él fue al baño a borrar las pruebas de un encuentro prohibido. Cosette respiro profundo tres veces antes de levantarse de la cama, una para agradecer la vida que tenía, otra para
tomar fuerzas y la tercera por su madre ausente. Tomó uno de los retratos de la familia perfecta. Sonrió pensando en lo irónica que era la vida. Aquel hombre vivía el presente, arriesgaba todo lo que tenía por momentos de placer junto a una desconocida. Ella trabajaba para su futuro, sé prometió a sí misma no volver a verse en una situación precaria, así que se preparó para obtener la vida que deseaba, con las herramientas que tenía. Leía los mismos libros que sus amantes, aprendió diferentes idiomas para no tener barreras en la cama, usaba movimientos nuevos para sorprenderlos y aplicaba los viejos para reconfortarlos. Su profesión era un arte repudiado por todos, pero un arte al fin y al cabo.
Su madre siempre le dijo que la mejor arma de una mujer estaba entre las piernas. Con la experiencia entendió que la información valía más que el dinero y lo demás fue sentido común. Pero lo único que había anhelado en toda su vida era tener una familia como la de las fotos de la chimenea.
Se acercó a la pequeña mesa donde habían empezado la velada, una cena con poca comida y mucha champaña para entrar en confianza, acelerar la conversación y fluir hacia información de interés. En realidad, Cosette no necesitaba del alcohol para lograr sus objetivos, tenía gran maestría envolviendo y manejando a su antojo a los hombres que creían ser intocables. Se sentó, tomo un trago mientras buscó con calma bajo la tabla de madera el micrófono que había escondido ágilmente y lo puso a buen recaudo en su bolso Birkin. Si jugaba bien sus cartas tendría el futuro resuelto. Caminó desnuda hacia la ventana, siempre se sintió cómoda con su cuerpo y apoyándose en la pared mientras tomaba otra copa, esperó paciente a que el agua de la ducha cesara. Escuchó los pasos que se acercaron y sintió el cuerpo frío que la abrazó desde atrás. El aliento de un hombre feliz se acercó a su cuello con devoción mientras las manos frías acariciaban la cicatriz en forma de
estrella que tenía en el muslo.
Desde la calle, un amigo de confianza, con esperanzas de ser ascendido al puesto de amante, les tomó fotografías para asegurar la inversión.

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